Volver a Lenin, rescatar a Gramsci

A finales de los años 70 y principios de los años 80, y teniendo acto principal el IX Congreso del PCE, se produjo el mayor viraje ideológico y organizativo de la clase obrera en nuestro país, de consecuencias nefastas en las décadas siguientes hasta nuestros días.

En septiembre de 1977, meses antes de aquel IX Congreso del PCE, aparecía un artículo en EL PAÍS en el que se señalaba: “se pone de relieve el deshielo que parece haberse iniciado en los últimos tiempos entre la Administración estadounidense y el Partido Comunista de España. Se recuerda los contactos habidos en Madrid, en la última semana del pasado mes de julio, entre funcionarios de la embajada norteamericana en la capital de España”, y se citaba un informe del gobierno de EEUU que señalaba que ”el PCE aparece como el partido comunista europeo más independiente de Moscú”. Sobre el “eurocomunismo”, en dicho informe se señalaba que “la llegada al poder de los comunistas europeos no constituiría una catástrofe para Estados Unidos”.

La decisión del Partido Comunista de España durante el IX Congreso de abandonar conceptos como el leninismo o el centralismo democrático (aunque formalmente este se no se abandonaría hasta el XIII Congreso siendo sustituido por el “federalismo democrático”), iba mucho más allá del cambio en el uso de términos o identidades a lo que normalmente se pretende reducir lo que se escondía tras ello: era la renuncia a la perspectiva revolucionaria y la decisión de considerar el escenario principal de acción política del Partido Comunista en el campo electoral.

Ante esta nueva estrategia y en este nuevo escenario, la acción social del PCE se limitaría a discutir el papel de las organizaciones populares en su propósito de extender y consolidar un tejido social en beneficio de una democracia parlamentaria; pero sin trasladar allí sus tácticas particulares. Por decirlo claramente, se apostó por romper las correas de transmisión del Partido con las organizaciones populares, sociales y sindicales.

El llamado “eurocomunismo” supuso una corriente de     transformación profunda dentro del movimiento comunista en Europa, el alejamiento de la URSS, la ruptura con Lenin y el abandono de la  perspectiva revolucionaria de quienes lo asumían 

Este viraje traía consigo dos grandes modificaciones sustanciales. La primera en lo que se refiere a la democracia y el Socialismo, estableciendo la máxima de que al Socialismo hay que ir a traves de las urnas y a traves de la ampliación de las libertades existentes. En lo organizativo suponía adaptarse para la acción electoral y el abandono de la organización de los comunistas en todos los frentes, especialmente en el movimiento obrero,  renunciando por un lado a extraer del conflicto capital-trabajo a sus componentesa más conscientes, y por otro renunciando a trasladar la táctica del Partido a través de las correas de transmisión.

Una segunda modificación sustancial viene dada por el abandono del Centralismo Democrático bajo la excusa del exceso de poder del aparato y del Secretario General.  El tiempo ha venido a demostrar que el abandono del Centralismo Democrático solo tuvo como consecuencia el debilitamiento de la organización y la entrada en un proceso anarquizante que sin embargo no atajaba los vicios burocráticos.

La nueva realidad viene a decirnos que es posible la profundización de la democracia interna sin renunciar a que el Partido actúe con una misma táctica en todos los frentes.

Volver a Lenin significa, para empezar, la aspiración de recuperar la perspectiva revolucionaria del Partido Comunista, teniendo en cuenta que las libertades de la democracia burguesa (cierto que en continuo retroceso) facilitan de momento la actividad del Partido y es posible plantear la toma del poder parlamentario a través de las urnas. Ahora bien, la toma del poder parlamentario es absolutamente insuficiente para la transformación social y la construcción del Socialismo. Es necesario que seamos capaces de disputar la hegemonía en todos los frentes: el frente cultural, el movimento obrero (donde se produce la contradicción principal) , los movimientos sociales (donde se producen las luchas subalternas), el ejército y los cuerpos armados (decisivos ante una quiebra de la hegemonía dominante)...

Y al igual que debemos volver a Lenin, es necesario rescatar a Gramsci de las garras del post-mårxismo anticomunista.

Rescatar a Gramsci

Cada vez que escuchamos hablar de “hegemonía” nos viene a la cabeza Antonio Gramsci, fundador del Partido Comunista Italiano, y uno de los más brillantes  dirigentes y teóricos comunistas de la historia, que no solo fue perseguido y encarcelado prácticamente hasta su muerte por el fascismo italiano, sino pisoteado por quienes, desde la presunta izquierda, han manipulado, mutilado y amputado su obra para justificar la destrucción de las organizaciones de clase. Nunca ha sido más citado Gramsci como cuando se ha tratado de justificar la disolución de los Partidos Comunistas, empezando por el PCI, allá por 1991.  Un insulto a la memoria del propio Gramsci, una mente prodigiosa como reconocería incluso el régimen de Mussolini, después de que lo detuvieran y lo condenasen a una larga pena de cárcel afirmando que “había que impedir que ese cerebro funcionase durante veinte años”. Mussolini trató de impedir a aquel cerebro funcionar, otros se han ocupado de manipular  su pensamiento.

Sin duda la obra de Gramsci es increíblemente poderosa y necesaria en estos días, pero no se le puede leer amputado ni tergiversado, sino que hay que leer su obra completa, o al menos conocer sus principales líneas de pensamiento. Un pensamiento que, entre otras cosas, debe alumbrar el camino que las y los comunistas hemos emprendido para la reconstrucción de un Partido Comunista de España como organización revolucionaria capaz de hacer que la clase trabajadora (y no otra) sea hegemónica en la sociedad. Porque en toda sociedad – como indicaba Gramsci – siempre hay una clase que impone su forma de ver el mundo, su cosmovisión, al resto. En el caso de nuestro país son las oligarquías empresarial y financiera, que actualmente están muy bien representadas en el el IBEX 35. Unas oligarquías que a través del llamado “consenso de la transición”, han ido imponiendo  sus leyes y sus postulados al resto de las clases, y lo han hecho, con la inestimable colaboración de PP y PSOE, a través del sistema educativo, religioso y a través de los medios de comunicación.

Pero Gramsci también nos enseña que la Hegemonía nunca es absoluta. Siempre hay conflictos y rupturas, siempre hay movimientos contrahegemónicos (huelgas, movilizaciones, literatura…), que cuando se hacen muy intensos, acaban desquebrajando la hegemonía y el consenso existente. Es cuando la clase dominante pierde el consentimiento, y deja de ser dirigente, y es únicamente dominante por medio de la coerción, de la fuerza.

En el caso de nuestro país, la aprobación de la llamada “Ley de Seguridad Ciudadana” demostró que la clase dominante había perdido su consentimiento, y ya solo era capaz de dominar por la fuerza, lo cual no quería  decir que no pueda recomponerse y establecer un nuevo consenso en la que siga siendo dominante, tal y como está intentando, y va camino de conseguir.

Lo cierto es que en este momento las masas ya no creen en lo que creían. Ya no creen en lo que habían estado creyendo en España durante los últimos 35 años. Este es el momento que definía Gramsci en el que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, el claroscuro en el que aparecen los monstruos, “en el que aparecen los más diversos fenómenos morbosos”.

Debemos reivindicar el pensamiento de Gramsci, debemos estudiarlo, incorporarlo a nuestros debates, a nuestra acción política y organizativa para la conquista de la hegemonía por parte de la clase obrera.  No debemos permitir que lo usurpen quienes pretenden tergiversarlo, quienes pretenden lanzarlo contra el Partido Comunista, quienes hablan de “hegemonía” para quién sabe qué clase, quienes quieren, en definitiva llevarlo a una segunda muerte. Gramsci nos pertenece.